La ilusión del consenso

El acuerdo comparte opiniones. No comparte responsabilidad.

Liderazgo · Decisión · Criterio directivo · 6 min de lectura

Un colega y su método

Tuve un colega que tenía una práctica muy definida para tomar decisiones.
Cada vez que enfrentaba algo que necesitaba resolverse, reunía a su equipo, presentaba la situación con claridad y abría la conversación. Cada integrante exponía su mirada. Se debatía, se ajustaban posiciones, se buscaba un punto de convergencia. Y de ahí salía la dirección a seguir.
Cuando los resultados eran buenos, nadie cuestionaba nada. El método parecía funcionar: el equipo estaba involucrado, el clima era positivo, las decisiones tenían respaldo visible.
Cuando los resultados fallaban, la dinámica cambiaba. Llegaban preguntas desde arriba. Y ahí aparecía algo que me llamó la atención la primera vez que lo observé: mi colega argumentaba que el equipo había propuesto esa dirección, que la decisión había surgido del grupo. Lo decía sin cinismo, con una convicción que parecía genuina. Como si el proceso colectivo hubiera transferido también la responsabilidad.
Su jefe fue directo: la responsabilidad era suya, independientemente de cómo se hubiera llegado a la decisión.
Esa escena me quedó. No porque mi colega fuera negligente o deshonesto — creo que no lo era. Sino porque ilustraba algo que pocas veces se nombra con claridad: el consenso puede producir la ilusión de que la responsabilidad se distribuye cuando en realidad no ocurre así.

Había conversaciones que necesitaba tener. Lo sabía. Algunos integrantes no estaban alcanzando sus objetivos individuales y esa situación requería ser nombrada, trabajada, corregida. Cada semana, sin embargo, el equipo cerraba sus números generales, y eso daba una razón razonable para esperar. Para no interrumpir algo que, visto desde afuera, parecía andar.

Yo estaba ocupado. Genuinamente ocupado: reuniones, seguimiento, planificación, gestión cotidiana. La actividad era real. Y esa actividad también estaba cumpliendo otra función, aunque en ese momento no lo nombrara así: estaba siendo la razón perfecta para no tener las conversaciones difíciles.

Un mes los resultados generales no se alcanzaron. El equilibrio que parecía sostenerse se rompió. Los que habían estado compensando el bajo rendimiento de otros sintieron que su esfuerzo no había valido lo que debía. Hubo reproches, pérdida de confianza, fisuras en el equipo. Y lo más revelador: los reclamos vinieron de los dos lados — de quienes habían dado más y también de quienes habían dado menos, estos últimos encontrando en el resultado colectivo una forma de diluir su responsabilidad individual.

Resolver ese quiebre me demandó semanas de conversaciones, reuniones individuales y grupales, reconstrucción de confianza. Tiempo, energía y desgaste que podrían haberse evitado en gran parte si hubiera gestionado antes lo que estaba postergando.

Lo aprendí entonces, y lo sigo reconociendo en distintas formas cada vez que veo a alguien muy ocupado frente a un problema sin resolver: la actividad puede ser genuina y, al mismo tiempo, estar funcionando como evasión.

Lo que el consenso ofrece — y lo que no puede dar

Escuchar distintas miradas es necesario. Amplía la comprensión, reduce ángulos ciegos y evita decisiones tomadas desde una perspectiva única. En ciertos ámbitos formales — directorios, asambleas, instancias donde la responsabilidad se estructura colectivamente por definición — el consenso no es solo válido: es el mecanismo correcto.

Fuera de esos espacios, opera de otro modo.

Cuando más voces participan, crece la sensación de respaldo. Las ideas circulan, se ajustan, se moderan. Las posiciones extremas desaparecen y el acuerdo comienza a parecer suficiente. El clima mejora, la tensión cede. Y puede instalarse la impresión de que la decisión ya fue tomada, aun cuando nadie haya asumido plenamente el acto de decidir.

El consenso ofrece seguridad. Permite sentir que el rumbo fue validado por otros, que la elección no pertenece a una sola mirada. Ese valor es real — hasta cierto punto.

Lo que no puede ofrecer es lo otro: cuando las consecuencias llegan, la organización vuelve inevitablemente hacia quien tenía la facultad de decidir. La responsabilidad reaparece allí donde siempre estuvo. Y nadie que haya participado en la conversación va a estar presente para sostenerla.

El consenso puede producir la ilusión de que la responsabilidad se distribuye. Cuando las consecuencias llegan, la responsabilidad reaparece donde siempre estuvo.

— Fernando Gentile

Cómo el proceso distorsiona sin que nadie lo advierta

Las conversaciones colectivas no son neutrales. Introducen influencias, alineamientos y sesgos que son difíciles de percibir mientras ocurren. La dinámica de grupo tiende a suavizar conflictos que quizás eran necesarios. A reforzar caminos que resultan cómodos para la mayoría, aunque no sean los más adecuados para la situación. A moderar posiciones que merecían mantenerse.

Quien lidera esa conversación escucha más voces —lo cual es valioso— y al mismo tiempo recibe más presiones, más expectativas, más influencias que empujan en distintas direcciones. Si no tiene claro que su rol es integrar lo que escucha sin quedar capturado por ello, puede terminar tomando una decisión moldeada por el grupo más que por el criterio propio.

El resultado no siempre es el acuerdo más sabio. A veces es el acuerdo más cómodo. El que genera menos fricción en el momento, aunque cargue con más costo después.

Mi colega, probablemente, no advertía esto mientras sucedía. El proceso se sentía participativo, ordenado, razonable. Lo que no veía — o no quería ver — es que el proceso no lo eximía. Lo seguía exponiendo.

La dinámica es más fácil de ver desde afuera que desde adentro. Yo también sentí esa tentación — la de rodearme de acuerdo antes de decidir, como si el respaldo colectivo redujera el peso de lo que venía después.

Cuando las consecuencias llegan

El problema del consenso como mecanismo de decisión se revela exactamente en el momento en que mi colega lo vivió: cuando los resultados no son los esperados y hay que responder por ellos.

En ese instante, el proceso que pareció tan sólido se vuelve irrelevante. Nadie pregunta cómo se llegó a la decisión. Preguntan por los resultados. Y la responsabilidad no se distribuye entre quienes participaron de la conversación — recae sobre quien tenía el rol de decidir.

Y eso no es injusticia: es la lógica real del sistema. El rol de liderazgo implica, entre otras cosas, que la autoridad para decidir y la responsabilidad por las consecuencias son indisociables. Una no puede ejercerse sin la otra. Y ningún proceso colectivo, por bien diseñado que esté, puede cambiar esa estructura.

Cuando las consecuencias llegan, la ilusión se disuelve. Y quien intentó distribuir la responsabilidad a través del consenso queda, paradójicamente, más expuesto que si hubiera decidido solo desde el principio.

Fernando Gentile

Fernando Gentile

Las conversaciones colectivas no son neutrales. Introducen influencias, alineamientos y sesgos que son difíciles de percibir mientras ocurren.

Escuchar sin ceder el lugar

El consenso no es el problema. El problema es confundirlo con una decisión.

Escuchar enriquece el criterio. Integrar perspectivas distintas reduce el riesgo de decidir desde una sola mirada. Llega un momento, sin embargo, en que ese proceso tiene que cerrarse y dar lugar a algo diferente: alguien que asume la posición, elige el rumbo y acepta lo que venga.

Ese momento no puede delegarse en el grupo, porque el grupo no va a estar cuando lleguen las consecuencias.

Lo que distingue al líder que usa el consenso bien del que se pierde en él no es la cantidad de voces que escucha. Es lo que hace con ellas. Uno las integra y decide. El otro espera que la suma de las voces decida por él.

La primera actitud es liderazgo. La segunda es su simulacro.

Fernando Gentile es autor, referente en criterio directivo y liderazgo estratégico. Con más de veinticinco años de trayectoria en banca internacional, acompaña a líderes, ejecutivos e inversores en decisiones que no tienen manual. Es fundador de FG & Co y Elitaire Real Estate, y autor de Nadie ve lo mismo (2026).

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Decidir en soledad: ética y responsabilidad cuando no hay respuestas correctas ni consenso posible

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